Con la fe de un converso. Como la de San Pablo cuando pasó de perseguir a los cristianos a perseguir a los paganos para convencerlos de ser cristiano. Como, según Javier Cercas, la fe de Suárez de demócrata converso. Con esa fe se encuentran los que descubrieron el martes en La Maestranza a un Morante desconocido.
Indefendible hasta hace poco -sin duda la mano de Rafael de Paula dejó deshecho a Morante- el martes se vio por Sevilla a un José Antonio Morante de la Puebla valiente, pausado, distinto. Recibiendo por verónicas sin descargar la suerte y con tandas de eternos naturales.
Si el arte en el ruedo tiene nombre, tiene que ser premiado con una medalla (o un ciento), si la torería y el saber estar sobre el albero tienen que tener un paradigma, ese es Morante en Sevilla el pasado martes. Ni más ni menos.
Torero irregular, de tardes pertarderas las que más y de éxito las menos, Morante tiene que luchar contra lo más difícil para un torero: conta sí mismo y su ego. O sus egos. El de la Puebla del Rio parece estar cambiando. Ya digo que Paula le dejó seco, deshecho y turbado.
El auténtico Morante es el que salió a La Maestranza las dos últimas tardes. Potente con la capa, revistiendola de una autoridad de la que habían renegado las figuras. Sí, soy un morantista converso. Soy maleable y moldeable. Espero que Morante siga poniento alto el listón en Las Ventas y todo esto no sea más que el principio de otra gran leyenda del toreo de arte.
